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"Consumada simultáneamente la Independencia de México y de Centroamérica, una misma bandera cobijó al principio las seis naciones hermanas, que no debieron separarse nunca y que algún día habrán de unirse de nuevo."
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Ricardo Fernández
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Desembarazar a nuestra mente de las nutridas telarañas que urden las ideologías (de izquierda y de derecha) no es tarea fácil. Se requiere para ello, actitud crítica, humildad intelectual (no creer saberlo todo), y abundante y prudente lectura absorbida desde un criterio bien formado. En buen castellano: es casi imposible.
Sin embargo heme aquí tratando, con un plumerito viejo, de ayudar inútimente de desempolvar un poquito ese desvergue que nos han metido en nuestras cabecitas con respecto a la “Sacrosanta independencia patria” que robotizados, celebramos todos los 15 de septiembre.
Para ello, nada mejor que hacer un breve repaso a los hechos duros y rudos:

Napollioné, el Espíritu de la Historia
En 1808 Napollioné nos invade (digo “nos” pues en ese entonces éramos parte integrante del Imperio Español, éramos súbditos de pleno derecho de la Corona Española) y se apodera de la península, sustituyendo –cual matón de barrio– a la dinastía borbónica por su potista hermano, “Pepe Botella”. En todo el Imperio Español (América incluida) nos levantamos en armas en contra del corso. Vale la pena mencionar a Morelos e Hidalgo en especial, puesto que en ese entonces 1808-1812, pertenecíamos al Virreynato de Nueva España, México.

Al mismo tiempo que se desarrollaba la Guerra de Independencia en España, en América brotaban sediciones –además– de carácter liberal masónico que simpatizaban –obviamente– con la agenda deletérea revolucionaria francesa, como la del mercenario masón Francisco de Miranda en Suramérica, a quien hoy –como a tantos otros patanes– la historiografía liberal de derechas ha colocado en un sacrosanto pedestal.
Un Ancien Régime con los pies de barro

No debemos perder de vista que el “Ancien Régime” que en 1814 debeló a la hidra revolucionaria napoleónica, en realidad de “Ancien” ya no tenía nada. Era un cascarón de formalismos vetustos que lejos estaba de lo que otrora se había llamado Cristiandad. Enredados en pretéritos regalismos, anglicanismos, galicanismos y josefinismos y deudores del racionalismo cartesiano centralizador de los Borbones, Estuardos y Cromwells, los tronos post-bonaparte, salvo la tenacidad del Conde y Príncipe de Metternich, no tienen ya nada que enfrentar –en el plano de las ideas– a las demás cabezas de la hidra revolucionaria liberal masónica.

El ejército de Riego que nunca vino
Listas para embarcarse a las Indias (América) estaban las tropas de Su Majestad en 1819 para poner orden en el Imperio que se encontraba –ya dijimos– en una ensalada de rebeliones pro y anti liberales. Como nos lo recuerda El -Visitador todos los años, uno de los comandantes de este ejército –el masón exaltado radical Rafael de Riego– se levanta en armas para exigir que las Logias Masónicas subieran al poder (o el regreso de la vigencia de la Constitución de 1812, que para los efectos históricos resultó ser lo mismo). La revuelta termina teniendo éxito con lo que el intento de tranquilizar al Imperio en América se frustra, ahondando la sensación de abandono y de falta de autoridad que cundía entre nosotros.

Así las cosas, algunos americanos en México –leales a la corona, hay que decirlo– entienden con claridad meridiana que las cosas en la Península están podridas y proponen en febrero de 1821 al Rey Fernando VII (que en realidad era un pobre cero a la izquierda) que se olvidara de la península y se replegara en América. Dado que suramérica ya estaba en manos de las logias masónicas financiadas por Inglaterra y apoyadas en mercenarios ex-napoleónicos y británicos (sólo La Ciudad de los Reyes resistía para ese entonces heroicamente la acometida secesionista), los del Virreinato de Nueva España le ofrecieron a Fernando VII (a uno de sus hermanos, o a quien tuviera más de dos dedos de frente) el TRONO DE AMÉRICA SEPTENTRIONAL, la Monarquía Americana.
El proyecto puede parecernos descabellado visto desde la actualidad, pero en ese entonces tenía mucho sentido. Algo parecido hizo Brasil que se convirtió en Imperio al coronar a don Pedro emperador en 1822
Los herederos del Imperio

Como reguero de pólvora encendido fue siendo del conocimiento de los ayuntamientos del Virreinato de Nueva España los contenidos del Plan de Iguala, que era el documento en el que se establecía la fundación del Imperio de América Septentrional, que para todos los efectos sería independiente de la decadente península española:
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Americanos (...): tened la bondad de oírme. Las naciones que se llaman grandes en la extensión del globo, fueron dominadas por otras, y hasta que sus luces no les permitieron fijar su propia opinión, no se emanciparon. Las europeas que llegaron a la mayor ilustración y policía, fueron esclavas de la romana; y este imperio, el mayor que reconoce la Historia, asemejó al padre de familia, que en su ancianidad mira separarse de su casa a los hijos y los nietos por estar ya en edad de formar otras y fijarse por sí, conservándole todo el respeto, veneración y amor como a su primitivo origen.
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Trescientos años hace la América Septentrional de estar bajo la tutela de la nación más católica y piadosa, heroica y magnánima. La España la educó y engrandeció, formando esas ciudades opulentas, esos pueblos hermosos, esas provincias y reinos dilatados que en la historia del universo van a ocupar lugar muy distinguido. (...)
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Es ya libre, es ya señora de sí misma, ya no reconoce ni depende de la España, ni de otra nación alguna. Saludadla todos como independiente, y sean nuestros corazones bizarros los que sostengan esta dulce voz, unidos con las tropas que han resuelto morir antes que separarse de tan heroica empresa.
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(...)
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Oíd, escuchad las bases sólidas en que funda su resolución:
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1. La religión católica, apostólica, romana, sin tolerancia de otra alguna.
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2. La absoluta independencia de este reino.
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3. Gobierno monárquico templado por una Constitución al país.
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4. Fernando VII, y en sus casos los de su dinastía o de otra reinante serán los emperadores, para hallarnos con un monarca ya hecho y precaver los atentados funestos de la ambición.
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8. Si Fernando VII no se resolviere a venir a México, la junta o la regencia mandará a nombre de la nación, mientras se resuelve la testa que deba coronarse.
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10. Las Cortes resolverán si ha de continuar esta junta o sustituirse por una regencia mientras llega el emperador.
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11. Trabajarán, luego que se reúnan [Las Cortes], la Constitución del imperio mexicano.
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14. El clero secular y regular conservado en todos sus fueros y propiedades.
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24. Viva America Septentrional, viva la santa virgen de Guadalupe.
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(...)
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Asombrad a las naciones de la culta Europa; vean que la América Septentrional se emancipó sin derramar una sola gota de sangre. En el transporte de vuestro júbilo decid: ¡Viva la religión santa que profesamos! ¡Viva la América Septentrional, independiente de todas las naciones del globo! (...)
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De cómo ayudamos a crear un nuevo imperio
A medida, decíamos, que se iba haciendo de conocimiento oficial el Plan de Iguala, los ayuntamientos municipales (que eran la institución pública de mayor arraigo y autoridad en las Indias) iban declarando su adhesión a la monarquía americana y su independencia de España. Así sucedió –en su momento– con los ayuntamientos de Ciudad Real, Comitán y Tuxtla (del Reino de Guatemala).

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PRIMERO.- Que siendo la Independencia del Gobierno Español la voluntad general del pueblo de Guatemala [¿Guatemala reino, o Guatemala ciudad?], sin perjuicio de lo que determine sobre ella, el Congreso que debe formarse, [¿O sea que es una publicación provisional?] el Señor Jefe Político le mande publicar para prevenir las consecuencias, que serían temibles en el caso de que la proclamase de hecho el mismo pueblo [¿WTF?].
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SEGUNDO.- Que desde luego se circulen oficios a las Provincias, por correos extraordinarios, para que sin demora alguna, se sirvan proceder a elegir Diputados o Representantes suyos, éstos concurrirán a esta Capital a formar el Congreso que debe decidir el punto de Independencia general absoluta [¿O sea que la que se manda a publicar arriba es “independencia particular relativa?], y fijar, en caso de acordarla, la forma de Gobierno y Ley fundamental que debe regir.
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DECIMO QUINTO.- Que el Señor Jefe Político, de acuerdo con el excelentísimo Ayuntamiento, disponga la solemnidad y señale el día en que el pueblo deba hacer la proclamación y juramento expresado de independencia [¡Ah vaya! ¿Así que van a jurar una independencia provisional y relativa sin antes esperar qué dicen los demás ayuntamientos?]
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DECIMO SEXTO.- Que el Excelentísimo Ayuntamiento acuerde la acuñación de una medalla que perpetúe en los siglos la memoria del “QUINCE DE SEPTIEMBRE DE MIL OCHOCIENTOS VEINTIUNO” en que proclamó su feliz independencia [Ah pues... ¿Para qué mandar a consultar y a un congreso?¿Se acuñó esa “medalla” o todo –como siempre desde ese día– quedó en papel y buenas intenciones?].
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¡El Rey ha muerto! ¡Que viva su Alteza Serenísima!
Bueno, el hecho es que al ser de conocimiento de los distintos ayuntamientos del Reino de Guatemala tal acta, casi todos (excepto León en Nicargua y Cartago en Costa Rica que quisieron ser más prudentes aún) acordaron sin mayor problema la independencia de España y su adhesión a la Monarquía Americana del Plan de Iguala. En el ayuntamiento de San Salvador se acordó jurar en los siguientes términos el 29 de septiembre de 1821:
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“Por Dios Nuestro Señor, la Santa Cruz y los Santos Evangelios de Guardar la Independencia, ser fiel a la Monarquía Americana y obedecer al gobierno que se establezca y las Leyes que se sancionen”
Matías Delgado, el curita tozudo ambicioso del que hablamos arriba, salió a todo galope de la ciudad de Guatemala hacia la de San Salvador, imaginándose que el cumplimiento de su ambición de ser obispo estaba a la vuelta de la esquina.

En resumidas cuentas: como reacción a los abusos anticlericales del Trienio Liberal en la península española se proclama el Imperio del Septentrión (la Monarquía Americana) y el 15 de septiembre de 1821 la diputación Provincial y el ayuntamiento de Guatemala se adhieren de modo ambiguo al Plan de Iguala. El ayuntamiento de San Salvador lo hace inequívocamente el 29 de ese mismo mes y, lo que ahora llamamos centroamérica –en su conjunto–, se integra al Imperio del Septentrión el 5 de enero de 1822.
Lo que celebramos este día es un trozo de ese contexto.
FIN







