
Publicado por JC Conde de Orgaz el 20 de septiembre de 2008
Esta es la segunda y última parte de una serie cuya primera parte pueden leer aquí
No en contra, sino más allá de...
Uno de los misterios expresados en el Credo, decíamos, es el Misterio de la Encarnación. El Misterio de la Encarnación es como se le llama al hecho, más allá de nuestro entendimiento, de que –según el Magisterio Católico– Dios infinito, espiritual y omnipotente se hizo hombre (limitado) en la persona del Χριστός (Christós).

Decir por ejemplo: Fulano tiene una naturaleza que es simultáneamente infinita y finita, es un absurdo, viola el principio de no contradiccion. No es ese el caso de la encarnación: el Χριστός (Cristo) no tenía una naturaleza contradictoria en sí misma (humana y divina al mismo tiempo y con respecto a la misma naturaleza) sino que tenía –tiene, según la Iglesia Católica, Apostólica y Romana– las dos naturalezas: una naturaleza humana (limitada) y OTRA naturaleza divina (ilimitada). Las características que más se nos presentan como incompatibles (lo finito y lo infinito) no se asientan en lo mismo, se asientan cada una de ellas en en dos naturalezas –principios de operaciones– respectivamente distintas.
Et homo factus est
Esto nos lleva –por supuesto– a preguntarnos ¿Cómo se unen, cómo se relacionan, estas dos naturalezas distintas (la humana y la divina)? Bueno, pues el Magisterio de la Iglesia nos ha explicado siempre que ambas naturalezas están unidas en una Persona (la Segunda Persona de la Santísima Trinidad) de tal manera que siguen siendo naturalezas divina y humana con operaciones propias distintas.
Deum de Deo,
lumen de lumine,
Deum verum de Deo vero,
genitum, non factum,
consubstantialem Patri:
Dios de Dios,
Luz de Luz
Dios verdadero de Dios verdadero,
engendrado, no creado,
de la misma naturaleza que el Padre:
Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Logos, el Verbo, tiene la naturaleza divina, es “Dios de Dios”. Aunque no se acepte la verdad de esa afirmación, es obvio que –desde una perspectiva lógica formal– el juicio como tal no admite reparo alguno, de hecho es casi una tautología. Lo intrincado, lo misterioso de la cuestión, surge cuando resulta que esa Segunda Persona de la Santísima Trinidad –el Verbo, el Logos– asume en el tiempo y en el espacio una segunda naturaleza (sin perder la anterior divina), cuando se hace carne: “Et homo factus est”.
La hipóstasis

Jesucristo, entonces, según la Iglesia Católica, es UNA persona (la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, el Verbo, el Logos) que es Dios (naturaleza divina) y Hombre verdadero. Tiene por lo tanto dos inteligencias, una inteligencia humana y por lo mismo limitada como la de todos nosotros; y una inteligencia divina ilimitada, como corresponde a Dios. También tiene dos voluntades, una divina y una humana, distinción que explica lo acaecido durante la oración en el huerto.
Misterio sin duda, más allá de la razón, pero no opuesta a ella. Podria parecer una sutileza sin mayor consecuencia, pero en realidad los fundamentos de una civilización por allí, descansan, precisamente, en las relaciones que hay entre la fe y la razón y en la existencia y naturaleza de un señor llamado Jesús, el Χριστός. Como bien sabía el osado Sigerio de Brabante.
Y se encarnó,
por obra del Espíritu Santo,
de María Virgen
y se hizo hombre
Et incarnatus est
de Spiritu Sancto
ex Maria Virgine,
et homo factus est.
Ésta es la otra versión que les mencioné de la misma profesión de fe cantada por mortales comunes y corrientes, más salvadoreños que el pan con chumpe (20 segundos de audio).
Pueden oir la versión completa del Credo III de la Missa de Angelis en nuestro podcast.
FIN






