Esta es la décimo tercera parte de una serie sobre Antropología filosófica desde la perspectiva de la Filosofía Clásica (philosophia perennis) cuya primera parte pueden leer aquí, su segunda aquí, su tercera aquí, su cuarta aquí, su quinta aquí, su sexta aquí, su séptima aquí, su octava aquí, su novena aquí, su décima aquí, su undécima aquí, y su duodécima aquí.
El ser humano, decíamos en el artículo anterior, puede también equivocarse en el uso de su libre albedrío –entre otros motivos– por poner la sensibilidad corporal en una posición de fin primordial cuando en realidad es sólo accesoria y subordinada. A este “yerro” en el uso del libre albedrío se le llama mal moral: es la ausencia deliberada y consciente de bien en nuestras acciones libres.

La Libertad según Mickey Mouse
Inficionados como estamos desde nuestra niñez de relativismo y filosofías baratas de Disneylandia, podríamos responder lo que todos contestan:
“Libertad es hacer lo que querramos”
El amasijo de conceptos y presupuestos de los que está preñada la expresión anterior, no sólo es un retroceso, sino un contrasentido que conduce a la negación de la misma existencia de la Libertad. Me explico:

Con la “respuesta común” de arriba se quiere regresar al punto (A) ignorando convenientemente el (B), mientras se omite también el hecho de que las elecciones humanas pueden ser –en virtud de su libre albedrío– decididas en cualquier sentido que sea físicamente posible.
Mickey Mouse también se equivoca
¿Es que acaso PODEMOS REALMENTE hacer lo que querramos? ¿Pertenece a las potencialidades de nuestra naturaleza humana hacer lo que se nos ocurra sin más? ¿Puedo acaso contener mi respiración durante dos horas sin sufrir las consecuencias (morir), sólo porque se me ocurre? La respuesta que nos dicta el sentido común es: NO. No podemos hacer todo lo que querramos, así que la definición de Libertad como “hacer lo que querramos” es –al menos– coja.
Y es que no sólo es coja, es absolutamente infundada y falsa. Vayamos, para demostrarlo, más allá en las preguntas: ¿Es que acaso siquiera SABEMOS REALMENTE lo que queremos? El sentido común nos dicta la respuesta: no siempre. Muchas veces ni siquiera sabemos con precisión lo que queremos (con todas sus consecuencias, se entiende). Las limitaciones propias de nuestra inteligencia no nos permiten saberlo todo, ni en el ámbito mismo de nuestras apetencias más íntimas.

Lo propio es ser mejores de lo que ya somos
En realidad, dado que el objeto propio de la voluntad humana es es el bien, la Libertad no es un buscaniguas enloquecido y sin dirección, no es una hoja sometida a los azarosos movimientos del destino... nuestra Libertad personal tiene un blanco muy preciso: la conveniencia de la naturaleza humana tal como ésta es. La Libertad sólo se actualiza cuando obramos el Bien.
La Libertad del hombre (del animal racional) es definida entonces (para distinguirla del libre albedrío), por la Filosofía clásica, como la actualización voluntaria de nuestras facultades en orden a los fines específicos de nuestra naturaleza. Libertad es, dicho de otra manera, el obrar voluntario del bien con conocimiento del fin. Obrar mal (en contra de los fines específicos de nuestra naturaleza de modo voluntario y consciente), entonces, no es propiamente ser libre, sino sólo síntoma de que tenemos libre albedrío. Obrar bien, conforme a nuestra naturaleza de animal racional, es el distintivo propio de la Libertad Humana.

Así, la libertad de elección (el libre albedrío) se convierte en Libertad moral, en la medida en que uno la ejercita para enriquecer su propia naturaleza con modos de ser adecuados a ésta (realizar actos buenos). De esa manera, liberarse es, en definitiva, abrir las potencialidades de nuestra esencia de Homo Sapiens a la actualidad ennoblecedora de nuevos modos de ser. No olvidemos, además, que la verdadera libertad implica renuncias: elegir algo es es siempre renunciar a otras cosas. Pero la renuncia (resultado del acto libre) es sólo el aspecto negativo de un fortalecimiento personal y el camino, a veces doloroso, por el que nuestra naturaleza crece y madura.

Para coronar estas breves reflexiones sobre la voluntad-libre albedrío y la Libertad Humana, debo subrayar que en virtud de la naturaleza humana (animal racional) la libertad individual es esencial a nuestras vidas. La Libertad permite además responsabilizar que los humanos se responsabilicen de sus actos (buenos o malos) pues pudieron haberlos obrado o no. La libertad es inseparable (por la naturaleza racional del hombre) de su responsabilidad. Consecuencia inmediata (y lógica) del hecho de que somos libres es el hecho de que somos responsables.
Es decir, no hay un solo aspecto del ser humano que pueda escapar a ser interpretado desde el hecho incontestable de que somos responsables personalmente de nuestros actos. Así como todos los aspectos del Homo Sapiens deben ser interpretados desde el hecho incontestable de que somos seres vivos del Reino Animal. Así también como no hay un solo aspecto del ser humano que pueda escapar a ser interpretado desde el hecho incontestable de que somos una unidad integral de espíritu y materia: razón, voluntad y emociones-sensibilidad corporales.
Ya veremos cómo el hecho de que uno pueda reclamar como propios sus actos realizados (y, por supuesto, que terceros puedan imputármelos) es un elemento indispensable en el análisis de otra propiedad de los humanos: su sociabilidad
Continuará...




















