Esta es la duodécima parte de una serie sobre Antropología filosófica desde la perspectiva de la Filosofía Clásica (philosophia perennis) cuya primera parte pueden leer aquí, su segunda aquí, su tercera aquí, su cuarta aquí, su quinta aquí, su sexta aquí, su séptima aquí, su octava aquí, su novena aquí, su décima aquí, y su undécima aquí.
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“...La prioridad está en la realidad de las cosas, no en la subjetividad humana. El ser (el bien) es apetecible porque es bueno para una determinada naturaleza, y no al revés: no es bueno porque es apetecible. Así que el Homo Sapiens, así como puede equivocarse al razonar, también puede equivocarse al ejercitar su voluntad, al actuar (de hecho se equivoca con mucha frecuencia).
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Hablaremos de cuán imbéciles podemos ser los Homo Sapiens...”
Señalábamos algunas razones por las que los animales racionales podemos errar al ejercitar nuestra inteligencia y no llegar a la verdad de las cosas: descuido al ejercitar, o limitación física en, nuestros sentidos corporales; incumplir las reglas de la recta razón detalladas por Aristóteles...

También hay algunas razones por las cuales se entiende el hecho de que los animales racionales (los homo sapiens) se equivoquen al ejercitar su voluntad y no alcancen el bien. En primer lugar está el inquietante hecho de que simplemente pueden hacerlo. Su libre albedrío no tiene más límites que la imposibilidad física. Pero hasta la frontera de la “imposibilidad física” es evanescente: ¿Quién se habría imaginado la posibilidad de llegar a la luna? ¿de aniquilar el átomo encima de centenares de miles de inocentes?. El humano puede evitar hacer el bien simplemente porque puede, tiene libre albedrío. Puede hasta matarse a sí mismo si le da la gana, ya no digamos otras cosas menos definitivas.
Hay una segunda razón por la cual es frecuente que los animales racionales (los homo sapiens) se equivoquen al ejercitar su voluntad y no alcancen el bien: la atracción que ejercen bienes accesorios que parecen fundamentales sin serlo. Los humanos descartan el Bien, el fin último y prefieren el bien, el fin secundario. Me explico:
Fin último y sensibilidad corporal

El organismo biológico de los animales (el del humano también) está estructurado para que el ejercicio de funciones espontáneas vitales genere satisfacción y placer biológico. De no ser así, se entiende con claridad, los animales morirían seguramente de inanición (por ejemplo) al no estar acicateados por el malestar producto de la falta de nutrición (hambre) y del placer fruto de alimentarse. Sin el poderoso acicate del placer sexual, los animales no se reproducirían y las especies se extinguirían. De modo análogo pueden analizarse otras funciones biológicas y su relación con el placer o malestar intrínsecos a su ejercicio o falta de ejercicio. Hasta aquí, no hay problema: la sensibilidad y la emocionalidad animal está supeditada a fines superiores como la sobrevivencia, la autoconservación y la reproducción hunmana
Soltar a las emociones de la soberanía racional


El bien y el mal, lo justo y lo injusto
Podríamos –por montones– ejemplificar comportamientos humanos que invierten el papel secundario de la sensibilidad corporal colocándola por encima del bien último y racional de la conservación o reproducción de la especie. Pero que nos baste por el momento constatar que tales acciones son posibles y frecuentes –pues el hombre tiene libre albedrío– y son contrarias o ajenas a la naturaleza humana. El hecho de que el hombre las apetezca y las ejecute, no hace de esas acciones algo bueno para su naturaleza: son malas para el hombre, aunque las haga.
Actitudes ajenas o contrarias a la naturaleza similares, y que en virtud de ello son irracionales e inhumanas per se, pueden ejecutarse con relación a los órganos reproductores, pero regresaremos a ellas oportunamente en un posterior artículo. En todo caso, si al obrar (actuar) según la recta se le llama por analogía “bien moral”; al obrar consciente en contra de la naturaleza humana se le llama “mal moral”.


El ser humano integralmente entendido

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“Si el hombre es infinitamente más sociable que las abejas y que todos los demás animales que viven en grey, es evidentemente, como he dicho muchas veces, porque la naturaleza no hace nada en vano. Pues bien, ella concede la palabra al hombre exclusivamente. Es verdad que la voz puede realmente expresar la alegría y el dolor, y así no les falta a los demás animales, porque su organización les permite sentir estas dos afecciones, y comunicárselas entre sí; pero la palabra ha sido concedida para expresar el bien y el mal, y por consiguiente lo justo y lo injusto, y el hombre tiene esto de especial entre todos los animales: que sólo él percibe el bien y el mal, lo justo y lo injusto, y todos los sentimientos del mismo orden, cuya asociación constituye precisamente la familia y el Estado.”
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Aristóteles, πολιτεία Política, Libro primero, Capítulo I
Los contenidos de esta cita nos ilustran lo que significa el que el ser humano sea una unidad integral. No puede entenderse NADA del Homo Sapiens sin entrar a considerar todas sus características propias (que hemos explicado una por una en esta serie): que es un ser vivo, del Reino Animal, dotado de racionalidad para buscar la verdad y por consecuencia capaz de lenguaje, para comunicarse y en virtud del cual es un ser eminentemente sociable y obligado a la solidaridad; que siendo que tiene un alma inmaterial que estructura y dirige su corporeidad animal, también –por tanto– tiene voluntad y libre albedrío para buscar el bien y así perfeccionar su ser; y que en su ser y actuar, la racionalidad debe ser la soberana juzgadora del equilibrio y de lo justo.
Querer entender al ser humano al margen de alguna de sus características propias es REDUCIR a la mujer, al hombre, a algo que no son. Sin una visión integral –que en este caso nos brinda la philosophia perennis– no se puede entender la naturaleza moral de los seres humanos, nuestra capacidad de obrar el bien y el mal.
Debemos estar más vigilantes de nosotros mismos que de los demás

No con esto quiero decir que debemos condonar, respaldar o promover las acciones malas propias o ajenas: No. Pero sí digo que en virtud de nuestra Naturaleza Humana, no podemos andar por allí como niñitos virgos lloriqueando por la “maldad en el mundo” como si fuéramos nosotros mismos unos angelitos regordetes incapaces de actuar en potencia tan mal como los demás, como seres humanos que somos. A las injusticias y acciones malas que nos rodean hay que llamarles con su nombre (al pan, pan y al vino, vino) y poner manos a la obra para tratar de corregirlas, sobre todo –y para comenzar– las injusticias o acciones malas que UNO hace. Pero lo que no podemos hacer –pues sería actuar de espaldas a nuestra realidad– es reaccionar como puritanos escandalizados como si fuéramos un inmaculado y justo “juez de las venganzas”.
No en vano decía el χριστoς:
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“Nolite judicare, ut non judicemini. In quo enim judicio judicaveritis, judicabimini : et in qua mensura mensi fueritis, remetietur vobis. Quid autem vides festucam in oculo fratris tui, et trabem in oculo tuo non vides?”
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“No juzguéis y no seréis juzgados, porque con el juicio con que juzgareis seréis juzgados y con la medida con que midiereis seréis medidos. ¿Cómo ves la paja en el ojo de tu hermano y no ves la viga en el tuyo?”
Distinguir el “mal” del “malhechor”: no “somos” nuestras acciones

En la antigüedad se atribuía a Séneca el aforismo siguiente, que recoge de manera excepcional lo que acabo de explicitar:
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“Errare humanum est”
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“Errar es de humanos”
Aunque la locución en cuestión suele truncarse, pues completa, es más explícita, y dice así:
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“Errare humanum est, perseverare diabolicum”
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“Errar es de humanos, perseverar en el error es diabólico”
Marco Tulio Cicéron (Orationes Philippicae in M. Antonium, 12, 2, 25) tenía su propia versión de este refrán: “Cuiusvis est errare: nullius nisi insipientis, in errore perseverare” (“El errar es propio de todo hombre; pero el persistir en el error, de nadie, salvo de un necio”).
Pero me parece mejor la versión de San Agustín de Hipona quien en sus Sermones (164, 14) dice: “Humanum fuit errare, diabolicum est per animositatem in errore manere” (“Cometer errores es propio del humano, pero es diabólico persistir en el error por orgullo”).
Para no perseverar en nuestros errores por puro orgullo es necesario que los reconozcamos con humildad y aceptemos la responsabilidad de nuestras acciones.
¿Responsabilidad? Hablaremos de ella en el próximo artículo.
Continuará...




















