Con ocasión de lo que la prensa salvadoreña ha llamado “propuesta de reforma constitucional para prohibir las bodas gay” escribí un artículo respaldando tal iniciativa al que Alberto Chávez comentó. Esta es la tercera y última parte de una serie que pretende abordar con orden cada una de las objeciones de Alberto y cuya primera parte pueden leer aquí y su segunda aquí.
Yo dije:
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Así que a juzgar por la tradición clásica, hemos de convenir en que la Ley Natural no depende del “concepto que se tenga de” la naturaleza humana, sino que depende DE LA NATURALEZA HUMANA. “¡Jeh! Yeah right... Sí, cómo no –podría decir algún escéptico– ¿y quién dice que no se puede tener diversas opiniones (incluso contradictorias) sobre lo que es la naturaleza humana?”
Alberto dijo:
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“Esa podría, en definitiva, ser la cuestión...”
La confianza en la recta razón o la desesperación intelectual
Claro que se pueden tener conceptos vagos e imprecisos sobre las propiedades de la naturaleza humana, pero la razón (El Entendimiento, el Raciocinio humano) es más poderoso y preciso de lo que algunos escépticos como David Hume han sugerido. La convicción de que no se puede tener una idea recta y precisa de lo que son las esencias de las cosas (la esencia del hombre en este caso) procede de la tesis de que la razón no está capacitada para penetrar en la naturaleza del ente.

El escepticismo de los sofistas fue aniquilado con las poderosas obras intelectuales de Sócrates, Platón y Aristóteles que no desdeñaban la razón humana y que nos enseñaron a PENSAR. El renacimiento de las posturas escépticas y relativistas de las que Montaigne no era sino un síntoma, fue desmantelado por Descartes y Compañía (Malhebranche, Leibniz, Spinoza, Wolff). El escepticismo inglés personificado por David Hume fue reducido al absurdo por Kant y Hegel... Puede haber –en conclusión– argumentos escépticos que nos hagan creer que no es posible tener una idea lo suficientemente precisa de la naturaleza humana, pero la historia de la filosofía nos enseña que son enfermedades de la razón inconducentes y pasajeros.
Por lo anterior, repito lo que dije en un artículo:
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“...es posible que uno se equivoque al formarse conceptos de la realidad (¡Cómo no!). Podemos tener –y suele suceder que los tengamos– conceptos vagos, imperfectos o falsos de algún bolado (en este caso de lo perenne). Y mayor posibilidad de que eso ocurra hay cuando uno es huevón, cuando uno cree saberlo todo, cuando uno tiene apego a lo que ha aprendido de tercera mano, o cuando simplemente uno se pone pendejo (que me pasa con alguna frecuencia, espero no ser el único caso).
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“Pero cuando se tiene actitud crítica, humildad intelectual (no creer saberlo todo), y abundante y prudente lectura absorbida desde un criterio bien formado, reducimos esas influencias a las que te refieres y sí es posible identificar y reconocer lo perenne, lo real, lo universal.”
Es precisamente la capacidad del raciocinio humano para escrutar con rectitud y acierto la naturaleza de las cosas la que explica la unanimidad histórica en las disquisiciones milenarias y clásicas sobre la Ley Natural. La Ley Natural es una consecuencia inmediata del recto uso de la razón. Por eso decía:
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“PENSAR, una operación real propiamente humana y que nos compete a todos. Es en nombre de la Razón que podemos –y debemos– abrazar la cultura clásica. Y claro, no me refiero a mi opinión (doxa) de lo que es clásico, no me refiero a mi valoración subjetiva, histórica o social de lo que es perenne.., pues de ser así estaríamos hablando de abrazar las obras completas de The Beatles, de la colección de Ásterix y de la saga de Robocop...
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“En nombre de la Razón debemos aspirar a empaparnos de los clásicos (los diadeveras) Aristóteles, Platón, Sócrates, Séneca, Cicerón y de todos aquellos que a la luz de los anteriores nos enseñaron a PENSAR (Boecio, Plotino, el Aquinate, Abelardo, Buenaventura, Agustín...)”

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“Est quidem vera lex recta ratio, naturae congruens, diffusa in omnes, constans, sempiterna; quae vocet ad officium jubendo, vetando a fraude derreat; quae tamen neque probos frustra jubet aut vetat, nec improbos jubendo aut vetando movet. Huic legi nec obrogari fas est, neque derogari ex hac aliquid licet, neque tota abrograri potest: mec vero aut per senatum, aut per populum solvi hac lege possumus: neque est quaerendus explanatur aut interpres ejus alius; nec erit alia lex Romae, alia Athenis, alia nunc, alia posthac; sed et omnes gentes, et omni tempore, una lex et sempiterna et inmutabilis continebit...”
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“Existe ciertamente una verdadera ley: la recta razón. Es conforme a la naturaleza, extendida a todos los hombres; es inmutable y eterna. Por sus mandamientos llama al hombre al bien y lo desvía del mal; pero, ya sea que mande o prohiba, no se dirige vanamente a las personas de bien pero no tiene crédito en los malos. No se pude sustituirla por otras leyes, ni derogar ni uno de sus preceptos, ni en su totalidad; ni el senado ni el pueblo puede desembarazarnos de su imperio; no necesita intérpretes que la expliquen; nunca habrá una en Roma y otra distinta en Atenas; nunca habrá una hoy y una distinta después; sino que es una sola y una misma ley eterna e inalterable la que rige a la vez a todos los pueblos en todos los tiempos...”
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Cicerón, De Re Publica. Liber Tertius, XXII.
La recta razón fundamento de la unidad, inmutabilidad y perennidad de la Ley Natural

De hecho, si se hubiese dado el caso hipotético de que la tradición judeocristiana estuviera enfrentada a la razón, naturalmente yo me inclinaría del lado de Sócrates, Cicerón, Aristóteles y Kant... Pero como eso de andar suponiendo cosas es como aquello de si mi tía tuviera ruedas fuera bicicleta... el hecho es que la tradición intelectual relacionada con el recto uso de la razón en la búsqueda de la naturaleza del hombre y de la Ley Natural está en concordancia con la Tradición judeocristiana. No hay tantas “Leyes Naturales” como cabecitas hay en el mundo, sólo hay una que –como Cicerón lo apunta– es única, eterna e inalterable. Como lo dijo el Caballo X en su artículo siguiendo a los clásicos:
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“...cambiar la ley natural, eso no es posible...”
No puede legislarse, ni proponerse como pauta de comportamiento social actitudes, sólo porque sean “normales”, usuales o “socialmente aceptadas... Y no se puede imponer el Alcoholismo, el Machismo, la Violencia en contra de la mujer (que Alberto mencionaba en su artículo) pues por muy “normales”, usuales y socialmente aceptados que esos comportamientos sean, contrarían la recta razón y repugnan también a la Ley Natural.
Allende los sentimientos pasajeros
Y es que no sólo se trata de que la Ley Natural es independiente de los lugares, de los tiempos e independiente de lo que hoy y ahora sea socialmente aceptable o inaceptable, sino que –además– en el ambiente en que yo me desenvuelvo –da la causalidad– la Ley Natural y la exclusiva heterosexualidad del matrimonio es una herejía inaceptable. Es más: pensar como el Caballo X es considerado intolerable.

Por eso insisto: la “aceptabilidad social” de la equiparación jurídica de las uniones más o menos estables de personas del mismo sexo con la institución del matrimonio no tiene trascendencia alguna en el fondo de esta conversación.
Los puntos relevantes son (y Alberto los ha señalado bien):
¿Cómo se llega a conocer la existencia y contenidos de una Ley inmutable y universal inscrita en la naturaleza humana que obliga al hombre como lo afirmaba Cicerón? ¿La razón humana es apta, recta y eficaz para conocer la verdad de las cosas, de las esencias, del hombre?
Se trata en definitiva de un debate sobre la confianza en la Razón humana, sobre gnoseología y sobre ética, no se trata de si en nuestros repectivos ambiente caemos mal o no con lo que decimos o hacemos.
Y, y luego de tantas coincidencias y algunas divergencias con Alberto, tenemos que seguir hablando de esos temas, pero no hoy.
FIN






















